Adán y Eva, una reescritura del mito por Jaime Sabines

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Imagina que eres el primer hombre o la primera mujer. Habitas un mundo hostil, en el que los elementos igual te bendicen que te castigan con furia. Alrededor de ti los animales mueren, el inmenso mar enfurece, la lluvia arrasa con todo o le niega a la tierra el sustento; un trueno pavoroso cae sobre un árbol y lo consume el fuego que, paradójicamente, desde entonces te cobija. Eres un animal débil frente a los demás, envejeces y te das cuenta de que la muerte acecha. Sin embargo, eres consciente de que algo en ti es diferente: eres capaz de transformar los elementos, de imaginar soluciones, de razonar, de decir y explicar lo que pasa a tu alrededor. En suma, eres consciente de que algo te separa de las bestias, de que algo indefinido dentro de ti te hace superior a los demás seres que habitan tu mundo.

Entonces comienza la búsqueda de explicaciones: ¿de dónde vengo? ¿Por qué sufro? ¿Estoy solo? ¿Qué es la muerte? Ahí nacen los mitos: ante la falta de respuestas a las preguntas fundamentales de la existencia, ante circunstancias límite e inexplicables, surgen como acción y representación simbólica de la experiencia humana con la realidad.

En este sentido Paul Ricoeur afirma:

“Entendemos aquí el mito en el sentido que hoy día le da la historia de las religiones: el mito no como la falsa explicación expresada por medio de imágenes y fábulas,  sino como un relato tradicional referente a acontecimientos ocurridos en el origen de los tiempos, y destinado a establecer las acciones rituales de los hombres del día y, en general, a instituir aquellas corrientes de acción y de pensamiento que llevan al hombre a comprenderse a sí mismo dentro de su mundo” (Ricoeur, Finitud,169).

Para el hombre moderno, el mito no es más que mito, porque su horizonte de comprensión ha cambiado, de manera que le es imposible conciliar ese tiempo y lugares legendarios en que se gestaron con el tiempo histórico que vive y su limitado espacio geográfico. Sin embargo, al perder las pretensiones explicativas que tuvo en su origen, el mito nos revela su alcance y su valor de exploración y de comprensión, es decir, que despliega todo ese poder que posee para poner en evidencia el lazo que nos une con lo sagrado, revela la experiencia primigenia del hombre ante el absoluto, ante lo inexplicable. “Por paradójico que pueda parecer, el hecho es que el mito, precisamente al quedar desmitologizado al conjuro de la historia científica y elevado a la dignidad de símbolo, se ha convertido en una dimensión del pensamiento moderno” (169).

Pero esos cuentos, esas historias, que constituyen el corpus mitológico, se encuentran ya hasta cierto punto esclerotizados. El hombre moderno, desde el límite que le impone el horizonte de su comprensión histórica y ante su incapacidad de aprehender el tiempo cósmico, recurre a la literatura para desmitologizar los relatos en los que se han venido diciendo los mitos, de manera que, mediante el uso de la ficción narrativa y un lenguaje tropológico, se remitizen esas experiencias y el lector se enfrente nuevamente ante lo sagrado.

“El mito ejerce su función simbólica mediante el instrumento específico del relato, puesto que lo que quiere decirnos es ya un drama en sí mismo. Ese drama original es el que abre y revela el sentido recóndito de la experiencia humana; al hacerlo, el mito que nos lo cuenta asume la función irremplazable del cuento, del relato” (323).

Para comprender el mito, el hombre moderno tiene que desmontar ese logos, ese relato, tratar de llegar al corazón mismo del cuento y  discernir aquello  que implica la vivencia abstracta de relación con la divinidad. Ese es el privilegio del poeta: desmitologizar para luego remitizar, crear un nuevo texto,  un texto simbólico que implica toda una concepción poética.

En Adán y Eva, Jaime Sabines nos presenta un relato en el que ha llevado a cabo esa labor de deconstrucción y re-figuración de uno de los mitos más significativos de occidente y, mediante el uso de un lenguaje poético, nos transporta a un escenario y un tiempo originales, en que los primeros hombres se enfrentaron con asombro al mundo y a los misterios de la vida y la muerte.

En la tradición judeocristiana, la finitud del hombre, el sufrimiento, la soledad y la constante lucha por sobrevivir frente a una naturaleza hostil y voluptuosa, se explican por su mítica expulsión del paraíso. Dios creó al hombre y a la mujer, Adán y Eva, para que habitaran el jardín del Edén, en el que serían inmortales y ajenos al sufrimiento. Pero ambos desobedecieron la orden divina de no consumir el fruto del árbol del Bien y del Mal y fueron expulsados del paraíso:

“Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque polvo eres y en polvo te convertirás” (Biblia de Jerusalén, 16).

Es a partir de ese momento que Jaime Sabines nos presenta su poema en prosa “Adán y Eva”, lleno de simbolismos propios del hombre de nuestro tiempo, pero que sin embargo, tienen como sustrato las grandes preguntas existenciales que nos han marcado desde el inicio de los tiempos. La soledad humana es la piedra angular de la narración, aunque la muerte, el tiempo, lo sagrado y el amor están presentes también dentro de su discurso. Para Sabines es en ese escenario de naturaleza primigenia donde el ser humano descubre su inherente condición de soledad, su otredad ante el mundo y los otros seres que lo habitan.

La narración comienza con una frase cargada de sentido: “- Estábamos en el paraíso. En el paraíso no ocurre nada. No nos conocíamos.” (Sabines, Antología, 121). En esa afirmación Adán reconoce que en la inmortalidad no hay tiempo, es a partir de la conciencia de que el tiempo es finito que intentamos buscar un sentido. En el mundo todo es movimiento, todo nace y muere: la muerte es la medida de nuestro tiempo. Por eso, al inicio de su viaje, Adán y Eva sentían que “se habían metido a un río muy ancho y que jugaban con el agua hasta el cuello” (121), ese río en constante movimiento representa el devenir: todo cambia, todo pasa, nada queda.

Adán y Eva se enfrentan a la noche, oscura y misteriosa. Despierta en ellos el miedo, que hace que los corazones golpeen fuerte y se añore la luz, que es el conocimiento y lo divino:

“Nadie puede dar un paso en la noche (lejos de dios). El que entra con los ojos abiertos en la espesura de la noche, se pierde, es asaltado por la sombra, y nunca se sabrá nada de él, como de aquellos que el mar ha recogido” (122).

La observación de las plantas y los animales, de sus ciclos vitales, de su temporalidad, se asocia con el símbolo de la tierra como la gran Madre. De ella somos y a ella regresamos. De su unión con el agua y el sol (que vienen del cielo) germina la vida y el alimento. “¿Has visto cómo crecen las plantas? Al lugar en que cae la semilla acude el agua: es el agua la que germina, sube al sol. Por el tronco, por las ramas, el agua asciende al aire…” (123). Así, Sabines ilustra la idea de que hay un elemento terrestre y otro celeste, a los que tendemos todos. Somos carne y espíritu, venimos de la tierra pero aspiramos al cielo y lo divino.

Adán construye una casa para protegerse de los elementos, se ha dado cuenta de que tiene la capacidad de transformar y utilizar las cosas para su beneficio. Con esta imagen, Sabines ilustra uno de los descubrimientos más importantes del relato: somos distintos a los otros seres de la naturaleza, queremos cambiar. Pero esa voluntad de cambio, de dominio, nos aleja de los otros. Nos da miedo. “A mi no me gusta ser mejor. Creo que estamos perdiendo algo. Nos estamos apartando del viento. Entre todos los de la tierra vamos a ser extraños…” (125). Para completar el hogar que construyeron, Adán y Eva, recibieron el fuego, símbolo de vida y muerte, que fascina y reconforta, pero también nos hace víctimas de sus caprichos, castiga y aniquila. Alimenta al tiempo que se alimenta de nosotros:

“Fuego lento, preciso, árbol continuo, nos atraen tus hojas instantáneas, tu tronco permanente. Déjanos estar junto a ti, junto a tu amor hambriento. Creces aniquilando, medida de la destrucción, estatura hacia adentro, duración hacia atrás, tiempo invertido, muerte muriendo, nacimiento.

Déjanos estar en tus párpados incesantes, investigar contigo lo que buscas, luz en fuga perpetua, en ti, como tú misma, en nosotros.” (126)

Esa conciencia de la otredad, de nuestra aspiración por lo divino, da lugar a otro de los grandes mitos que están presentes en el relato: el del espíritu humano. Tenemos un alma que participa del cuerpo terrestre, pero que pertenece al ámbito de lo sagrado. Sabines compara ese espíritu que nos distingue a un árbol, símbolo de lo terrenal porque está anclado al suelo, pero que crece hacia el cielo, hacia los dominios de dios.

“…Vamos a terminar por ser distintos de las estrellas y ya no entenderemos ni a los árboles.

-Es que tenemos uno que se llama espíritu.” (125)

Corresponde a Adán enfrentar por primera vez el misterio de la muerte. Cuándo ésta alcanza a Eva, no atina a nombrarla, no sabe cómo decir su experiencia frente a su misterio:

“Eva ya no está. De un momento a otro dejó de hablar. Se quedó quieta y dura. En un principio pensé que dormía. Más tarde la toqué y no tenía calor. La moví, le hablé. La dejé allí tirada… Yo la he estado mirando. Es inútil. Cada vez es menos, pesa menos, se acaba.” (133).

En un gesto cargado de significado, Adán sólo atina a colocar a Eva sobre la tierra, a devolverla al seno de la gran Madre que poco a poco la devora. El ciclo de la vida se consuma: de polvo somos y a él regresamos. Ante la revelación de la muerte y la certeza de que de ella no hay escape, el Adán de Sabines asume una postura existencialista, propia de la época en que fue escrito el relato:

“Hombre solo soy, quedé. Quedé manco, podado, por mi mitad quedé.

Aquí me muero. Porque los ojos de la muerte me han visto y giran alrededor cazándome, llevándome. Aquí me callo. De aquí no me muevo”. (134).

Con esas palabras el autor representa la angustia del hombre frente al primero y más grande de los misterios: la muerte. Escuchamos el grito Adán que se encuentra solo, único, bajo los designios de un dios que lo ha dejado olvidado y perplejo ante una realidad sin sentido, a la que intenta ordenar inútilmente, para aprehenderla dentro de su limitada capacidad. Sabines expresa así, re-escribiendo la historia de Adán y Eva, algunas de las dudas existenciales que asaltan a todos los hombres y que aún quedan sin respuesta: ¿quién soy? ¿a dónde voy? ¿por qué me castigas?

En este maravilloso ejercicio de creación literaria, Sabines ha refigurado el mito bíblico de la caída y la vida de Adán y Eva después del paraíso, configurando así un relato en el que ha rescatado mediante el lenguaje poético la sensación de angustia que todos hemos experimentado ante la grandeza de un universo que no nos podemos explicar y que nos recuerda cada día que estamos solos ante sus inescrutables designios.

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Obras citadas.

Biblia de Jerusalén. Santiago García, Coordinador. Bilbao: Editorial Desclée de Brouwer. 2003.

Ricoeur, Paul. Finitud y Culpabilidad. Trad. Alfonso García Suárez y Luis M. Valdés. Madrid: Editorial Taurus, 1991.

Sabines, Jaime. Antología Poética. Guadalupe Flores Liera, Compiladora. México: Fondo de Cultura Económica. 1996.

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septiembre 13, 2013 · 6:47 pm

Paradoja

hombre-triste

 

Voluptuosa mujer inquebrantable,

lo mismo eres fortuna que flagelo.

Engendras tierra fértil, suelo yermo,

con lujuria perfecta, irrefrenable,

que alimenta o aniquila con alarde,

armonía pura o brutal estruendo.

Tu exacto y despiadado desenfreno,

me aplasta con violencia inexorable.

Perfecta bendición, cruel maldición,

si tu recuerdo es encono y añoranza:

¿Por qué el vértigo de mi corazón?

¿Cómo exorcizo la desesperanza?

¿Cómo arranco de mi la evocación

que destruye de golpe mi templanza?

1 comentario

febrero 8, 2013 · 10:26 pm